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Padre, si es posible, aparta de mi ese Cáliz

Artículo publicado en la revista Nazarenos. Año 2006.

Me ha costado mucho esfuerzo ponerme a escribir este articulo, cualquier despedida es siempre dolorosa,  mas aun si es una despedida de 60 años. Nuestro Padre Jesús ha querido atenuar este momento, al concederme unos hijos en donde la pasión y amor por nuestra Cofradía han superado con creces, la que en mi pueda albergarse, pudiendo seguir ellos la tradición en la familia.
Este es el año, elegido voluntariamente para mi cese como Cabo de Andas de “mi Oración”. Dejo en sus manos, las de mis hijos Pedro y Oscar, la enorme responsabilidad y el honor de dirigirla por las calles de nuestra Murcia, después de ostentar el cargo durante 50 años, nueve cono segundo con mi padre y cuarenta y dos como titular. Y quiero hacerlo con el corazón henchido por el orgullo y el privilegio de pertenecer a la Real y Muy Ilustre Cofradía de Nuestro Padre Jesús Nazareno y el agradecimiento de haber depositado su confianza en mi persona y responsabilizarme de tan delicada labor. Con ello logré seguir los pasos de mis ancestros en cinco generaciones y, espero que, continúe con mis hijos y nietos la séptima y la octava.

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Sentimiento Nazareno

Quien me iba  a decir a mi que, después de 25 años, iba a tener ahora la necesidad de expresar mis sentimientos nazarenos.

He tenido la gran suerte de pertenecer a una de las familias mas antiguas de la semana santa murciana, y a la vez de pertenecer y liderar uno de los tronos mas amados y envidiados (sanamente hablando) de toda la Semana Santa de Murcia.
Por si aun no te has dado cuenta de que trono estoy hablando querido lector, es el de La Oración en el Huerto de la Cofradía de Nuestro Padre Jesús Nazareno, de Murcia.
De aquel niño de 10 años que solo salía en procesión por el simple hecho de dar caramelos, al hombre que se llena de amor y satisfacción cada Viernes Santo cuando toca sacar a la "joya de Salzillo" a la calle.

En el transcurso de este tiempo, me ha tocado vivir momentos de alegría, pero también de mucha tristeza y amargura,como aquel Viernes Santo de 1995 que, debido a las normas establecidas ese año respecto a no poder salir hasta no haber cumplido los 18 años (yo los cumplía en agosto), me impidieron vestirme de morao. Gracias a los ánimos recibidos por los nazarenos veteranos, ya jubilados, y también al cariño recibido de los que salían, junto a mi padre y hermano, pude resistir aquella mañana de nefasto recuerdo para mi, aunque de alguna manera no me perdiera el recorrido, pues lo hice al completo, solo que por fuera del desfile. Por cierto que, nadie respetó la norma, solamente mi padre, el cual al terminar la procesión se quejo enérgicamente ante la Junta Particular por tal hecho.

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Añoranzas

... Es inevitable, en un momento de la procesión, unos segundos de contemplación a la obra que llevamos sobre los hombros. Como cada año, suele ser casi siempre en la calle de San Nicolás, la calle mas nazarena de Murcia, creo que el mejor escenario para ello. Me separo adelantándome al trono y reposando mi cuerpo apoyando mi barbilla en mis manos posadas sobre la muletilla metálica de mi estante, alzo la vista y observo una vez más la magnificencia escultórica del maestro Salzillo, sintiendo un enorme escalofrió al presenciar la escena evangélica. Siento una sensación irresistible que eleva mis sentidos al mundo glorioso del Arte supremo, haciendo un esfuerzo de serenidad mental para descender a la fría realidad del análisis detallista. Porque estas imágenes están hechas para ser contempladas en las calles morunas, estrechas, profundas, llenas de gente y con la luz de esta Murcia única. Como comentó nuestro amigo Aliaga: “Nunca se sabrá si Salzillo hizo sus imágenes para desfilar por estas calles, o, estas calles se hicieron para que desfilaran las imágenes de Salzillo”.

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Mañana esperada

Un año más, tras poder contemplar al Cristo del Perdón y a su Madre Dolorosa recorrer las calles de la Alberca de las Torres en la noche del Jueves Santo, me dispongo a descansar para poder participar en la procesión de mis amores la mañana siguiente.   
Pero esta noche es diferente, no es como todos los años, surge en mí un gusanillo que recorre todo mi cuerpo, como si de un primerizo se tratara, que al alba vestirá su primera túnica morada.

Razón había en ello para tales emociones y sentimientos, esa madrugada al despertar cambiaría la túnica de tantos años, las puntillas y el cetro por la chaqueta y el estante.
Al despertar, la emoción me embargó y mis piernas comenzaron a temblar, poco a poco fueron transcurriendo los minutos que fueron calmando mi ansiedad, y mientras por el rabillo del ojo contemplaba el paso de las "Tres caídas" por Campana, me subía las medias, ataba bien las esparteñas alrededor de los tobillos, me colocaba la chaqueta y corbata, para a continuación colocarme las enaguas almidonadas.

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VIERNES SANTO 2012

Por fin llegó el gran día. Amaneció algo nublado pero con la seguridad de que este año la procesión de "los Salzillos" inundarian las calles de Murcia. Dentro de la iglesia las caras relajadas de los nazarenos estantes se fundían con los mantos multicolor de los tronos.
Se oye ese ruido atronador de las puertas de la privativa iglesia y el pendon cruza su umbral. Comienza la procesión al ritmo de los tambores sordos y las brillantes bocinas.

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Gotas de sudor, cuentas de amor

¡Cuántas gotas de dolor,
cuántas cuentas de sudor,
-sudor de sangre y de amor-
en tu Oración redentora!
porque sabías, Señor,
que era llegada la hora
de tu supremo dolor.
Dolor que, en contraria suerte,
-y perdona que en la suerte
yo ganara la partida-
para Ti sería muerte,
para mí sería vida.
Cada gota de sudor
sobre la tierra del Huerto
era un frío brillo muerto
bajo la luz de la Luna

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Al nazareno ausente

Cada año hay una ausencia. Quizás más de una.
La ausencia se hace presente, se patentiza, a la hora incierta de la tarde, entre dos luces que se funden, a la hora incierta de la mañana, cuando el día se impone a la noche cansada.

Este año, una vez más, se registrara la ausencia en esa augusta, misteriosa y cristiana Semana Santa murciana. En esa tarde convertida en rio de sangre.
Cuando ya no canta el gallo de la Negación porque teme confundirse con el de la amanecida.

Cuando las estrellas, cansadas de llorar lagrimas de plata, se fueron tras una nube blanca, perdida acaso tras la lejana cumbre de Sierra Espuña.
Cuando el sol y la brisa, la rosa y el azahar el río y la caña, componen el clima y el paisaje.
Entonces se mueve la Cruz sobre el hombro descansado; se mueve la Pasión, hecha figura y vida, sobre el hombro fuerte y generoso.
Surge el nazareno murciano, rudo y elegante, y al golpe seco del estante, la procesión se mete en Murcia.

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Soy Nazareno Morao

Él nunca había desfilado como nazareno, ni había sentido la fría y a la vez cálida madera de la tarima sobre su hombro, pero se sentía nazareno de pura cepa, pues desde que era un zagal, su padre le había llevado todos los Jueves Santo a oír cantar a los auroros en Jesús, a ver como los nazarenos de la Oración hacían crecer la palmera que al día siguiente acompañaría a Jesús y al Ángel, y por último, situado en el centro de la Iglesia de Jesús, bajo la gran araña que la ilumina iba saludando, con una ligera inclinación de cabeza a cada uno de los tronos (como si se tratase de un matador en el centro del ruedo); tronos de imágenes dolientes y pasionarias que cobraban vida para responder ese saludo enviado desde el corazón.

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