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Desde niño he sido enseñado y educado para el puesto que desempeño ahora. Ha sido un camino largo pero muy diferenciado según la edad que iba teniendo.
Ya de muy joven acompañaba a mi padre a las cenas que organizaba con sus nazarenos estantes. Estas cenas eran de lo más aburridas, solo tenia doce años y con esa edad, ver y escuchar, a 40 hombres hechos y derechos, de la procesión, no era lo más divertido para un niño. La verdad es que iba porque me obligaba mi padre, y no sabe lo que se lo agradezco ahora. Yo siempre le decía que me aburría y no quería ir a lo que el me replicaba, “Pedrín te tienes que venir, un día estos hombres serán tu responsabilidad y debes de conocerlos desde pequeño”. Así pues, resignado y sin entender bien el porque tenia que ir a esas cenas eternas, obedecía y asistía a las mismas. Además me sentía una marioneta. Todos me achuchaban y me hacían carantoñas, claro era el hijo del “jefe”. En cuanto a la procesión no dejaba de ser un niño mas que acompañaba a su padre durante la misma, mas pendiente de dar caramelos que de otra cosa.

A los 14 años esas cenas ya no eran tan largas y aburridas. Ya conocía a esos hombres por su nombre y prestaba mucha atención a las directrices que daba mi padre para que todo saliera perfecto en la procesión. Además ya no me pegaban esos achuchones ni me “avergonzaban”, con tantos mimos como cuando era más pequeño. Fue en esa época cuando descubrí el significado de que a un hombre, siempre más joven que los otros, le echaran cava en la cabeza mientras que le decían unas palabras. Me refiero al bautizo del estante de la Oración. Este acto no era solo un acontecimiento divertido o novatada. Significaba un compromiso. El compromiso de un hombre para con su paso y para con sus compañeros. Nunca olvidaré el mío, con tan solo quince años me bautizaron y para mi fue uno de los días mas emocionantes, aprendí el significado de las palabras compromiso y honor. Mi papel en la procesión no era ya tanto de pasármelo bien y repartir todos los caramelos que llevaba en la “sená”, mi padre me dejaba darle al paso de vez en cuando, y me llenaba de satisfacción ver como esos gigantes nazarenos, respondían a mi toque y comenzaban a caminar. Sin lugar a dudas las raíces habían agarrado bien y entendí que mi vida giraría en torno a ese paso y a esos nazarenos.

A partir de los veinte años hasta los treinta, mi rol dentro del paso fue evolucionando. En las cenas y reuniones cada vez mi papel se iba convirtiendo en algo más importante, hasta me permitía alguna vez echar algún rapapolvo por algo que no se había hecho según mi criterio. Actuaba de segundo cabo de andas. Aunque mi padre preparaba esas reuniones, yo participaba en ellas de una manera activa, ganándome el respeto de los nazarenos. En la procesión actuaba de segundo cabo de andas plenamente. Cada vez más, mi padre me dejaba que cogiera las riendas del paso y él se iba dedicando a indicarme como debía de hacerlo. En esta época me inculcaba mucho el respeto que debía de tener hacia los nazarenos de la Oración. Él siempre se ha enardecido hablando de sus nazarenos, y con el tiempo entendería que tenía toda la razón al hacerlo.

De los treinta a los treinta y cinco años mi papel cambió por completo. Aunque el nunca me lo ha dicho, sé que sintió que yo ya estaba preparado para ocupar su puesto. Incluso en algún corrillo nazareno dejó entre ver que se iba a retirar para dejarnos el puesto a mi hermano y a mí. Tanto es así que en una cena no tuve mas remedio que interrumpir a mi padre cuando iba a anunciar su retirada. Lo hice de una manera dura y enérgica. Poco más o menos que con estas palabras, me puse en pie y con lagrimas en los ojos y un nudo en la garganta, le dije delante de sus nazarenos ”no estoy dispuesto a que dejes el paso con 65 años por mi hermano y por mi, así que ni se te ocurra decirlo otra vez”. Yo se porque se lo quería dejar, en la cofradía corrían años de tranquilidad después de otros de verdadera beligerancia, y vio el momento oportuno para que nuestra sucesión no corriera peligro. Aun así no podía permitir que mis nazarenos dejaran de ser dirigidos por el mejor cabo de andas que ha habido y habrá. Aún con él en el paso, ya no tomaba decisiones importantes sin consultármelas y me dejaba a mí mas suelto en el gobierno del paso. En la procesión ocurría lo mismo, el sacaba el paso, lo metía y realizaba alguna maniobra que otra, el resto era cosa de mi hermano y mía.

A los treinta y seis años se produjo ese acontecimiento que esperaba con ansiedad y al mismo tiempo deseaba que no llegara nunca. Mi padre se retira y nos deja el puesto a mi hermano y a mí. Ya era cabo de andas de pleno derecho y aunque estaba deseando que llegara el día, ese año fue duro para mí. En la cena de preparación de la procesión, era un manojo de nervios, sinceramente no me acuerdo ni lo que dije, ni si lo hice bien o mal. Solo se que lo pase muy mal. Ya no por la responsabilidad de ser el cabo de andas sino por la ausencia de mi padre en el puesto. Sin embargo cuando llegó el Viernes Santo, yo mismo no me reconocía. Una templanza exagerada se apoderó de mi, no me pesó lo mas mínimo la responsabilidad y resolví con veteranía las mil pruebas que Nuestro Padre Jesús me puso ese día. Recuerdo que un día mi padre me dijo, “Pedro saca tu el paso”, a lo que yo le respondí “lo sacaré cuando sea el cabo de andas titular”. Esta contestación aparentemente puede resultar como un desprecio, pero nada más lejos de la realidad. No quería quitarle a mi padre ese privilegio, ya que para un nazareno, la salida y la entrada del trono son sagradas. Pues bien, ese año ya podría haber sacado la Oración a la calle, pero le cedí ese honor a mi padre. Esos toques secos de la muletilla de cabo de andas al trono me sonaron como gloria bendita. Tras esa procesión tan accidentada y al tiempo preciosa entendí el porque mi padre siempre vanagloriaba a sus nazarenos. Simplemente porque se lo merecen, y sin ellos nada era, es, ni será posible en este paso.
Desde el año 2007 soy el cabo de andas de la Oración en el Huerto, y te puedo asegurar querido lector que cada día de mi vida debo darle las gracias a mi padre por haberme obligado a ir a esas tediosas reuniones desde niño, a inculcarme el amor a la Cofradía de Jesús, al paso de La Oración en el Huerto y por supuesto a sus nazarenos.

A Pedro Zamora García, mi mentor, mi maestro y el mejor cabo de andas que ha existido nunca

Pedro Zamora Romero de Castellón
Cabo de andas de la Oración en el Huerto