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Quiero plasmar en este escrito, de manera sincera, qué fue lo que, aquella mañana de viernes santo de 2017, sentí. Quizás parezca un poco tarde para escribir esto, pero puedo asegurar que es en este momento en el que me estoy acordando de todas esas experiencias, ya que, por temas de estudios, no tuve tiempo ni para recordar que este año, yo porté La Oración en el Huerto.

Era miércoles, yo estaba sumido en exámenes y más exámenes, pero a sabiendas de esto, mi padre me insistió y me desinsistió para que hiciera un esfuerzo, y fuera al quinario de la hermandad de La Oración en el Huerto, que esa noche se celebró en la iglesia de jesús, pues días antes, había recibido un sospechoso mensaje de mi cabo de andas Óscar Zamora, que hizo que mi padre, desarrollara un presentimiento un tanto deseado. Así lo hice, hice ese esfuerzo, no sé si fruto del destino o de la casualidad, ese día me había puesto un jersey morado, vaya, ¡qué paradoja!.

Ya en la iglesia, saludé a todos mis hermanos con los que me crucé, pero fue el momento del fin del quinario, en cuanto me dispuse a saludar a mi cabo de andas, D. Pedro Zamora, cuando este no me extendió únicamente una mano vacía, sino que junto a su mano, me dispensaba la papela verde, la solicitud por la cual demandas a la Cofradía, el salir ese año en procesión. Corrí raudo buscando un dichoso boli, con el que rellenar ese trozo de papel, que, no solo de papel, también suponía un trozo de mi vida; o eso intenté, rellenarlo, porque lo único que recuerdo fueron temblores y más temblores en esa mano que sostenía el boli, parecía que el más agraciado esa noche fue mi padre, pues todo el mundo lo envolvía en abrazos, hasta que yo, decidí, que también quería ser envuelto, por lo que me dirigí a Pedro exclamándole: “¡yo también quiero un abrazo!”.

Ese papel, esa firma, provocó en mí un estado de embriaguez, en el que yo no era consciente de lo que se me venía encima, no lo asimilaba, el color que llevaba deseando vestir por mucho tiempo, la vara que estaba deseando ceder, el estante que estaba deseando calzar, la chapa que estaba deseando escuchar para echar a andar, todo eso lo iba a vivir por fin, no daba crédito. La noche de la noticia, así como la de Viernes Santo no pegué ojo, nada más que en mi cabeza estaba el trono y la almohadilla, nada más.

Era Viernes Santo, estaba vestido, bebiendo café, rodeado de mis hermanos, ambiente nazareno, iglesia, padrenuestro y.... ¡seguía sin creérmelo!; fue cuando metí el hombro por primera vez cuando me dije: “oye, tal vez sea ya el momento de creérmelo”, y así fue, trabajé lo que pude y más, disfruté lo que pude y más, sudé lo que pude y más, así como también escuché, lo que pude y más, una y otra vez, un repetitivo “¿pesa o no pesa?” procedente de mi padre. Acabó la procesión, la melancolía y nostalgia imperaban en la iglesia, y en la necesitada siesta, dominaban mis palabras, y las de todos mis hermanos, cuando nos despedíamos en el templo.

Pasó el tiempo, terminé el curso, y seguía siendo inconsciente de lo que viví, mi mente todavía no aceptaba que hubiera salido en La Oración, pero ha sido hoy, cuando he tenido tiempo de pensar, cuando he dicho: “eh, yo cumplí mi sueño, yo salí en La Oración, yo fui y soy, el más afortunado de este mundo”, o al menos, así me siento. Aquí os he dejado, mi experiencia nazarena, supongo, que por leer un puñado de palabras, no tomaréis idea de lo que sentí, pero os doy la solución a esa ignorancia, pues lo tenéis fácil, si este escrito no os dice nada, acudid a mí, y observad mis ojos en el momento en el que me preguntéis: “¿qué es para ti La Oración en el Huerto?”.