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Sabido es que los españoles somos muy gráficos, a veces, a la hora de de expresar cualquier acontecimiento o vivencia.

Cuando decimos: “tengo el mono” de cualquier cosa, queremos decir que echamos de menos, que deseamos vehementemente hacer o estar en aquello que hace un tiempo disfrutábamos.

Pues bien queridos hermanos cofrades, padezco un <mono> muy agudizado de volver a dirigir “mi Oración”. Cuando tome la decisión de ceder voluntariamente mi puesto a mis hijos Pedro y Oscar, pese a que me costó dos años mentalizarme para ello, mi preocupación estribaba en cómo podría soportar el hecho de quedarme en la Iglesia mientras “mi Oración” se iba. Es cierto que me encontré <raro>, no me veía de paisano entre ese río magnifico de color morado que parece la mágica mañana del  Viernes Santo murciano. Era la primera vez desde que comencé a ponerme mi túnica, allá por el año 1.946, que ese día no la llevaba puesta, y claro está, era inevitable tener una sensación extraña, pero seguramente por la alegría de ver a mis hijos al frente de La Perla de Salzillo, como tan acertadamente llamo a nuestro Paso el ilustre escritor murciano Pedro  Díaz Cassou, amortiguo bastante mi ansiedad. Tampoco tuve esa sensación los dos años siguientes.

Es ahora, cuando ya han pasado nueve años,  en donde me da vuelcos el corazón conforme se acerca la Semana Sata, y no quiero deciros la mañana del  Viernes Santo, parezco un flan, un manojo de nervios, y desde luego con infinitas ganas de volver a dirigir <nuestro Trono>.

Han sido tantos años junto a la escena de Getsemaní. Tantos años contemplando a Cristo, lleno de angustia, pidiéndole  ayuda al Padre. Tantos años disfrutando de la belleza del Angel. Tantos años junto a esos nazarenos insignes que durante tres generaciones tuve el privilegio de dirigir por las calles de Murcia. En fin, tantos años juntos, que me siento parte integrante de ese todo. Es como si me hubieran cercenado un miembro del cuerpo y lo echara de menos.

Cuando uno se entrega a un menester en cuerpo y alma con una idea clara de servicio y de respeto te vas llenando de amor, porque lo haces por amor. Amor a tu Cristo, que tantas veces te ha ayudado a pasar nuestro cáliz de amargura; amor a tu Cofradía por la que has pasado momentos críticos defendiéndola, por la que has antepuesto tu bien personal en aras de su buen nombre, siendo perseguido por defender la verdad y la justicia, con lo que has ido acrecentando tu amor por ella día a día; amor a “mi” Trono, a la escena que en él se representa, y que durante seis generaciones nos hemos ido transmitiendo de padres a hijos. Y por qué no decirlo, amor a esos hombres que durante más de dos siglos y medio, se han encargado de llevar en sus hombros, no solo el peso físico del trono, que lo es y mucho, sino igualmente el peso de sus problemas, sus angustias, sus padeceres. Esos hombres que año tras año han arrancado el reconocimiento de, no solo del pueblo, también de insignes figuras de nuestras letras. Esos que han creado escuela, estilo, convirtiendo La Oración del Huerto en “objeto de deseo”. No hay nazareno en Murcia que no desee salir el Viernes Santo <cargando> este Trono.

La calidad y categoría de ese grupo humano que lo componen, ha hecho que, todos y cada uno de los que son llamados a salir portándolo, coincidan siempre en la misma apreciación.

“Es como si perteneciera de siempre a este Paso”

 “No me he encontrado extraño, para nada, me han acogido como uno más”

“La Oración del Huerto es como una gran familia”

“Desde el primer día me he encontrado cómodo, seguro, como si fuera un veterano”

Estas y otras muchas más, son las frases que oyes de los “novatos” que por primera vez entran a formar parte de este grupo de cofrades estantes.

Es natural que, si solo con un año sientes esas sensaciones, que no pasara cuando llevas toda la vida disfrutando de ello.

Por esa razón, cada año se acrecienta más y más el deseo de volver a salir en esa inigualable Procesión del  Viernes Santo mañanero murciano y como decía al principio tener un “mono” insufrible.

Que sana envidia, cuando os veo salir por la puerta de la iglesia, con ese poderío, temple y reaños que ponéis en la  difícil y peligrosa maniobra, capaces de poner al inmenso gentío que lo presencia, con los atributos en la garganta, no teniendo más remedio que romper en un fuerte y prolongado aplauso desde que las palmas se deslizan por el dintel de la puerta hasta que lo posáis fuera de ella.

Y no os digo nada en la aparente fácil calle del lateral del Romea con Santo Domingo. De fácil nada de nada. Es corta pero muy “agarrada la condenada”, como diría un mejicano… Hay que ser muy nazareno para llevar el Paso por ella sin ni siquiera rozar al público sentado en las filas de sillas. Pero claro, de eso os sobra mucho a vosotros.

Y que voy a decir de las calles Lencería y San Nicolás. Pues eso que no digo nada que ya no se haya dicho. Son vuestras calles, vuestro giro. Es como si a través de los años los nazarenos de La Oracion hubieran patentado la forma de pasarlas, como si se hubiera creado escuela (que confidencialmente creo que si). 

Ya lo dijo un gran nazareno nuestro, punta de vara delantera izquierda: “TODOS LOS PASOS SE LLEVAN MUY BIEN, LO QUE PASA ES QUE NOSOTROS, ADEMAS, LO HACEMOS BONITO”.

Es un espectáculo veros desfilar por San Nicolás y Cadenas, a pesar de cuatro horas y, ya no se cuantos kilos sobre el hombro.

Y por si faltara poco, con que elegancia, con que poderío, con qué nazarenia, enfiláis la “última recta” hasta la iglesia. Luego como si se tratara de comenzar otra procesión, entráis a ella con el mismo estilo y, por qué no decirlo arrogancia, como si salierais otra vez después de cinco horas.

Pues si siento envidia, envidia sana si queréis, pero envidia de no estar con vosotros otra vez, aunque me queda la satisfacción de pensar que, en algo he contribuido también, mi granito de arena habré puesto, para lograr ese montonazo de <arena> nazarena.

¿Entendéis ahora lo del “mono”?. Pues eso.

PEDRO ZAMORA GARCIA- Nazareno de La Oración (Hasta la medula)