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Hace pocas fechas me encontraba preparando un trabajo en mi ordenador, cuando me interrumpe mi nieto Pedro Manuel y me hace la siguiente pregunta, que debo confesar me sentí orgulloso y al mismo tiempo algo aturdido, por lo inesperada: 

--Abuelo, ¿Cuándo te emocionaste mas el año de tu retirada como Cabo de Andas?

Haciendo un esfuerzo de memoria, inmediatamente me viene a la misma un momento emocionante y tremendamente lleno de añoranza. Por lo que me dispongo a contárselo al mismo.

Pues mira Pedro Manuel, comencé a contestarle, ese año 2006, el último en activo como Cabo de Andas de la Oracion del Huerto, me ocurrió algo muy curioso. Yo esperaba que desde el momento de ponerme la túnica y durante toda la jornada transcurriera llena de emoción y lágrimas, pero no fue así, lo que personalmente me tenía desconcertado. Era el último año al frente de la Joya de Salzillo, y tan campante. Algo muy extraño en mí, cuando se me saltan las lagrimas hasta con los dibujos de Piolín. Pero no, no ocurría nada anormal. Tanto tu padre como tu tío Òscar, e igualmente los estantes, me preguntaban continuamente que tal lo llevaba, ellos también se extrañaban que no aflorara ningún síntoma de emoción. Todo transcurría normalmente, como cualquier otro año, hasta llegar a la calle de San Nicolás. Fue en esta calle nazarena por excelencia en donde se fraguo la escena.

Al poco de efectuar el giro de Lencería hacia San Nicolás, y después de dos o tres toques, me separe del trono adelantándome unos metros, con el fin de observar una vez más, la ultima en esta calle, la belleza de <mi trono>, como si quisiera despedirme del mismo en mi <ultima procesión>.

Pues bien Pedro Manuel,-- le sigo contando al nieto--, en ese momento cuando me encontraba observando el Paso con mis manos sobre la muletilla de mi estante, apoyada la barbilla sobre las mismas, fue cuando acudieron a mi mente recuerdos de tantos y tantos años de mi vida nazarena por esa calle tan importante y significativa para nosotros, “La calle más larga”, tal y como la llama nuestro amigo y nazareno Antonio Jiménez; tantos recuerdos, vivencias, sacrificios, alegrías, disgustos. Ahí fue donde no pude contener mis emociones.

Y es que, al alzar la vista y observar la magnificencia escultórica del maestro Salzillo, sentí un enorme escalofrió al presenciar la escena evangélica. Sentí una sensación irresistible que elevó mis sentidos al mundo glorioso del Arte Supremo, haciendo un esfuerzo de serenidad mental para descender a la fría realidad del análisis detallista. Porque estas imágenes están hechas para ser contempladas en las calles morunas, estrechas, profundas, llenas de gente  y con la luz de esta Murcia única. Como comento nuestro amigo y nazareno Fran Aliaga: “Nunca se sabrá si Salzillo hizo sus imágenes para desfilar por estas calles, o, estas calles se hicieron para que desfilaran las imágenes de Salzillo”.

Desfilaron en mi recuerdo tantos y tantos nazarenos que durante tres generaciones tuve el honor de dirigir. Pues bien, en esa calle fue en donde mi corazón exploto de emoción y rompí a llorar como si de un crío al que le han quitado su juguete favorito fuera.

Todo ocurrió en segundos, el suficiente tiempo para que se acumularan con velocidad de vértigo todos los recuerdos y emociones. Haciendo un esfuerzo ímprobo, seguí observando el Paso.

En la obra escultórica nada ha cambiado. Siguen durmiendo los tres discípulos.

San Pedro sigue empuñando la espada, presto a utilizarla en cualquier momento, con un sueño desconfiado, especie de duermevela, con un ojo abierto y otro cerrado, sin darle tregua al descanso de su cuerpo. Algo presiente que ocurrirá y le inquieta. Típico el proceder de un anciano.

El sueño de Santiago, es totalmente distinto al que domina a Pedro; se observa al hombre vencido por las exigencias físicas. Se le ve recostado y pesadamente dormido, apoyada su hermosa cabeza en la ruda mano del brazo izquierdo, de una forma distendida, como si de un hombre de mediana edad se tratara.

Sin embargo, contrasta con las dos anteriores la hermosa y sublime talla del apóstol favorito, San Juan, injustamente desconocida y valorada suficientemente, tal vez por su posición en el trono un tanto escondida. El joven discípulo se halla blandamente acostado, abandonado al descanso, rendido por un sueño delicioso, propio de un adolescente cansado. Tanto es así que parece verse su pecho elevarse y descender motivado por la respiración suave. La verdad es que soy un ferviente admirador de esta escultura, y aprovecho esta circunstancia para recomendarte que te  fijes en ella.

Extasiado en la contemplación de tan magna obra y con los ojos humedecidos, avanzo con la mirada pasando por la esbelta palmera, magníficamente arreglada el día antes por los hombres que al día siguiente la portaran  sobre el hombro, con mimo, con gusto, con estilo. Y por fin, mis ojos se clavan en los de CRISTO, mi CRISTO arrodillado, sintiendo en ese momento una sensación de paz y de esperanza supremas. Le doy las gracias por haberme ayudado tantas y tantas veces en mi vida a pasar mi cáliz de amargura. Inmerso en ese momento noto como un remolino de viento. Se trata de Camael (Mi Angel, Nuestro Angel) que acaba de posarse en el Huerto, con sus alas aun desplegadas e incluso el cabello suelto por la frente. Inmediatamente acude en auxilio del Redentor para reconfortarle y ayudarle a que asuma su papel terrenal de sufrimiento encomendado por el PADRE. Su mano izquierda acaricia y sostiene con suma ternura la cabeza del NAZARENO y, inevitablemente mis ojos se deslizan por su torso y acompañan su brazo derecho hasta llegar a su mano, en donde como flecha indicadora, le señala al MAESTRO el Cáliz que debe pasar por la voluntad del SUMO HACEDOR.

Una vez repuesto del éxtasis espiritual y artístico, y volviendo a la vida real, con los ojos cada vez mas llenos de lagrimas, observo a los hombres que portan tan divina escena. Después de cuatro horas soportando tanto sacrificio y esfuerzo por las calles de Murcia, en esta, la más nazarena de todas, en donde la estrechez de la misma unido a la colocación de sillas hace que el trono vaya justo en el espacio existente entre fila y fila, abarrotada de gente, esa misma que no se perdería por nada del mundo ver desfilar los Pasos de Jesús por ella, y sobre todo a La Oracion del Huerto; lleno el ambiente de polvo, causado por la arena existente en los desniveles de las aceras, con el propósito de igualar la calzada, polvo que dificulta la respiración y el esfuerzo, todo ello unido al sudor, al implacable sol del mediodía murciano, en donde el hombro ya no siente dolor, de tanto dolor existente, valga la redundancia, es entonces cuando estos hombres echan el resto de sus fuerzas y de algo mas, su sentimiento nazareno, su orgullo nazareno, su amor al Cristo que portan y su amor y respeto a los compañeros, ofreciendo al pueblo de Murcia toda una lección de cómo se debe llevar un Paso. Pero sobre todo y ante todo, se prueban a ellos mismos, desean saber si son dignos nazarenos estantes de La Oracion del Huerto. En esta calle desean pasar la prueba de fuego, ninguno deja su sitio en esta calle.

Recuerdo un año que al llegar a San Nicolás, un estante que iba de reserva de dijo a otro que cargaba:

--Antonio déjame que cargue un rato en esta calle.

--De eso ni hablar chaval. Esta es mi calle. Aquí es donde hay que demostrar ser dignos de cargar La Oracion. Aquí es donde se es, o no se es, nazareno de verdad.

En esta calle es donde, principalmente los hombres de las tarimas y los de las varas exteriores, echan el resto. Saben que ellos son los mayores protagonistas de la travesía de la misma. Ellos son los que mantendrán en el centro al trono, y eso, con la inmensa responsabilidad y cuidado de no lastimar al numeroso público que invade las aceras. Y siempre con una sonrisa en los labios, pese a ir con el rostro desencajado por el esfuerzo. Los que presencian el cortejo, que en gran mayoría son los mismos de todos los años, lo saben, por eso les obsequian con un prolongado aplauso a su paso. Sin entrar en hipérbole, son los mejores nazarenos del mundo.

Fue entonces, Pedro Manuel, cuando mi rostro se llenó  de lagrimas, benditas lagrimas, que mis ojos dejaron escapar motivadas por tantas emociones encontradas, por la escena presenciada y por el recuerdo de aquellos que ya no están con nosotros, unos porque fueron al Huerto Divino y otros por edad. Todos ellos fueron también protagonistas y forjaron la historia de este Trono y de esta Cofradía de Jesús.

A continuación me refugié entre las varas delanteras y allí pude desahogarme en mi <llantera>, no sin antes contagiar a más de uno de los nazarenos que también dejaron caer alguna lágrima.

Y todo esto que te cuento ocurrió en segundos a velocidad vertiginosa.

Ya lo sabes Pedro Manuel, fue en la calle de San Nicolás, en donde me emocioné y lloré. No podía ser otra calle.

“EN MEDIO DE MIS FATIGAS, AL SUEÑO QUISE RENDIRME, PUES QUIEN VIVE COMO YO, CUANDO SUEÑA ES CUANDO VIVE”

Pedro Zamora García, (Fue Cabo de Andas de La Oracion 52 años)